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ALGAS TOXICAS


De pronto, las típicas aguas marrones del Delta y del Río de la Plata se tornaron verdes, casi fluorescentes, y con tonos azulados.  Más allá del efecto colorido, el fenómeno da cuenta de una invasión de un tipo particular de bacterias.

“Son cianobacterias, que ante ciertas condiciones crecen hasta formar estas masas o cúmulos verdes, conocidas como floraciones. El gran problema de esto es que producen unas toxinas, altamente dañinas. Por eso hay que tomar medidas para proteger a la población”, advierte Inés O’Farrell, docente en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA e investigadora del CONICET.

Si bien este acontecimiento pudo sorprender en estos días a vecinos de Tigre, San Fernando o Puerto Madero, no lo fue para la especialista.  “Lo estábamos esperando y monitoreando desde Yacyretá”, explica en referencia a la represa hidroeléctrica, al norte de Corrientes. Por lo tanto no se trata de una cuestión local de Buenos Aires, sino que afecta a la cuenca del río Paraná a raíz de la combinación de una serie de factores.

Una sucesión de hechos desafortunados da lugar a esta proliferación de cianobacterias, organismos microscópicos que solo pueden advertirse por la enorme cantidad presente en estos días. “El río Paraná está en uno de sus niveles mínimos, muy pero muy bajo desde hace muchos meses. Esta escasez de caudal ocasiona que precipiten los sólidos que dan el típico color marrón. Al hacerlo, la columna de agua tiene mucha más luz, y favorece a estas bacterias que, al igual que las plantas, fotosintetizan”, indica O´Farrel. Y esto no es todo,  “además, vuelcos de efluentes cloacales o ingresos de fertilizantes, pesticidas, etcétera, aportan fósforo y nitrógeno. Estas condiciones de presencia de muchos nutrientes, altas temperaturas como las actuales, buena luz y lentificación del curso del agua por la bajante, permiten un crecimiento masivo de la especie Microcystis aeruginosa”, detalla.


Un riesgo para la salud

Como una mancha venenosa se expande y, a quienes toca, les puede provocar alteraciones hepáticas, gastrointestinales, reacciones alérgicas, irritación, entre otros trastornos, porque contiene una toxina, llamada microcistina, que “afecta más a los organismos de bajo peso corporal.  Por eso, hay que  tener muchos cuidados con los niños y animales pequeños. Y es posible ver que ocasiona mortandad de peces, aves, perros y otros animales domésticos. Además, al ser hepatotóxica, las personas con alguna insuficiencia en el hígado deben tomar más recaudos”, señala.

Mascotas que chapotean en la orilla salen pintadas de verde, al igual que arenas, árboles y muelles, que quedan con su marca inconfundible. Todo tiñe y es visible, pero también deja huellas ocultas. “Para los lugareños, la exposición es crónica. Estas toxinas se van acumulando dentro del organismo. Entonces, aquellos pobladores sin acceso al agua potable, están en riesgo”, señala, O´Farrell, que integra el Departamento de Ecología, Genética y Evolución de Exactas UBA.

En una tarea conjunta con jurisdicciones municipal, provincial y nacional, el equipo científico sugiere las medidas a tomar en la extensa cuenca del Paraná. “En algunos lugares, a las personas se les deberá llevar agua potable para beber o cocinar. Para otros usos, como lavar la ropa o bañarse, conviene sacar agua del medio del cauce del río que, al ser más turbulento, contiene menos cantidad de cianobacterias, o de la orilla contraria a donde está la mancha verde”, aconseja, al tiempo que aclara: “No usar lavandina para potabilizar el agua porque no sirve. El cloro potencia esto y genera un componente secundario, que a veces es más tóxico todavía que la microcistina”.

O’Farrell, quien desde hace años estudia estas floraciones, subraya que este cuestión no sólo afecta a la Argentina. “El incremento de los nutrientes como fósforo, nitrógeno, por contaminación; altas temperaturas por el cambio climático, mayor insolación, son un combo peligrosísimo y afecta a todo el globo”, indica. A nivel local, su mirada se centra en dos perspectivas: “A  corto plazo no tenemos una solución, sino sólo una prevención. No bañarse en  esas aguas, no beber de allí, y, si se estuvo en contacto, lavarse las manos y las zonas  afectadas. A largo plazo, la idea es conseguir la disminución de nitrógeno, fósforo, a través de wetlands o humedales para que actúen como filtros y no lleguen en tanta cantidad a los sistemas fluviales. Porque sin abundancia de estos nutrientes, las cianobacterias no pueden formar las floraciones”.


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